Hay una nueva arquitectura mundial en construcción y debemos influir en su diseño.
Las noticias sobre la crisis mundial llenan páginas y páginas de todos los periódicos del mundo. El desastre recorre las bolsas de valores y amenaza al sector real. Cada día se habla con más frecuencia de una segura y profunda recesión en todo el orbe. Algunos titulares son apocalípticos y hasta ridículos. En síntesis mucha incertidumbre, mucho temor, pocas certezas y casi nulo análisis. ¿Qué es lo que está pasando? ¿Es el final del capitalismo, como pretenden algunos? No lo creo así. Simplemente -si se puede usar esa palabra en esta situación-, es el final definitivo de un proceso que se inició 64 años atrás.
El Sistema Monetario en Crisis
En 1944, con la segunda guerra aun no terminada aunque ya definida, en Bretton Woods se diseña el Sistema Monetario Internacional de posguerra, por cierto ingenioso. En esa ocasión y debido a la falta de reservas metálicas en los Bancos Centrales europeos, se decide que el dólar mantendría su respaldo oro en $ 35 por onza, redimible para los gobiernos, aunque no ya para los particulares y que el resto de las monedas se respaldarían en parte con oro y en parte con reservas en dólares. Esto funcionó un buen tiempo, hasta finales de la década de los años 60. En ese momento, la confianza en el dólar se vio menoscabada, debido fundamentalmente a los gigantescos gastos por la guerra de Vietnam, lo que condujo a una excesiva emisión y es entonces que algunos países, encabezados por
Considerando este proceso insostenible, en agosto de 1971, Nixon termina unilateralmente con el dólar redimible y así nacía el dinero “fiat” (hágase), sujeto a la simple voluntad del emisor, con la potestad de devaluarlo a discreción. Esto fue, ni más ni menos, que el final del Sistema de Bretton Woods. Es decir, desde hace 37 años, no tenemos un sistema monetario formal. Esta inédita y singular situación tuvo varias consecuencias y una de las primeras fue la crisis petrolera de
El Dinero. Ese Desconocido.
Pocas veces nos detenemos a pensar en la esencia del dinero y en los usos que le damos. Mencionemos los más relevantes: instrumento de cambio y reserva de valor. Es decir, que lo usamos como una herramienta que nos facilita el trueque para adquirir bienes y contratar servicios y por otra parte, como reserva de valor para gastos futuros, como herramienta de ahorro.
Muchos inmigrantes que llegaron a nuestras costas, con la única riqueza de su capacidad de trabajo, convertían ese esfuerzo laboral de jornadas extendidísimas y semanas de 7 días, sacrificando consumo y bienestar, en monedas que iban a parar a muy disímiles lugares, tales como una caja de zapatos, un hueco debajo de una baldosa floja, un hueco en la pared, detrás de un cuadro, una cartera o en casos más sofisticados, una caja de ahorro en un banco. Y lo hacían gustosos, porque tenían la certeza de que años después, esos ahorros iban a tener la misma capacidad de compra, o el mismo valor que tenían en el momento en que fueron a parar a esas improvisadas alcancías, lo que les permitió, posteriormente, usarlos para establecer sus propios negocios y construir, de ese modo, su prosperidad, la de sus hijos y la del país que los había acogido.
Pero a partir de 1971, la emisión se desboca y la súper inflación se hace presente, así entonces, las monedas latinoamericanas atadas al dólar, dejaron de lucir en sus billetes las leyendas de tipo: “se pagará al portador y a la vista”; en Uruguay, desde el fin del “peso moneda nacional” y el surgimiento de los llamados “nuevos pesos”, anteriores a los “pesos uruguayos”. Ambos cambios, se hicieron a 1 por 1000. Por tanto alguien que tuviera ahorrados un millón de pesos moneda nacional, es decir un millonario, hoy tendría un peso uruguayo. Difícil de aceptar y de comprender.
Evidentemente, las monedas nacionales dejaron de funcionar como reserva de valor y continuaron inercialmente, como instrumento de cambio. Esto llevó a pensar sólo en el dólar como herramienta de ahorro, lo que le fortaleció, a pesar de que también se devaluaba día a día, aunque a un ritmo menor. De ese modo se hizo más atractivo el consumo que el ahorro, dando paso a la llamada “sociedad de consumo” e incrementando, salvajemente, el uso del crédito, lo que a su vez impulsó la inflación de precios, generando burbujas inmobiliarias y expandiendo la especulación bursátil y tanto más. ¡Todo mundo a consumir! En fin, una fiesta, pero como todas, se acaban, y esta ya se acabó.
¿Y el Futuro? Depende de nosotros.
Pero lo que más me preocupa, no es la crisis en sí, ya que no es la primera ni será la última, y el mundo ha continuado y continuará, sino la falta de estrategias para sustituir al sistema que se terminó. Omisión que la pagarán los más desfavorecidos, como ya lo han mencionado directivos del FMI. ¿Qué es lo que vamos a esperar? ¿Qué alguien más, diseñe un nuevo sistema al que tendremos que sumarnos, seguramente en condiciones desventajosas? ¿No seremos capaces de crear ningún instrumento adecuado, que les permita a nuestros ciudadanos labrarse un futuro digno? ¿Vamos a condenar a nuestras clases medias a la extinción? He escuchado anuncios del fin del crédito popular, pero no he escuchado anuncios de la introducción de algún instrumento de ahorro popular. Me pregunto si será posible un mundo en esas condiciones. Yo no alcanzo a imaginarlo.
Pensemos que para quien tiene un superávit fuerte entre sus ingresos y sus gastos, existen posibilidades de reserva de valor, como pueden ser la adquisición de inmuebles u otros bienes no perecederos, pero para quienes tienen una reducida capacidad de ahorro, sólo quedan las monedas. Imagínese el lector, tan sólo por un momento, que compra un terreno de
¿Será posible introducir una moneda con respaldo, que permita el ahorro popular? Muchos creen que sí, pero se me ha terminado el espacio. Dejemos pues, ese tema para otra oportunidad.
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