Todos tenemos una “primera vez” al participar en la vida política del país. La mía fue en las elecciones de 1966, pese a que todavía no tenía edad para votar.
Al igual que la mayoría de los que sí lo hicieron en aquella oportunidad, creía que tenía que ganar el Partido Colorado para poner fin al caótico gobierno de los blancos. También creía (coincidiendo con el 85% de los electores) que había que abandonar el proyecto colegialista y volver al ejecutivo unipersonal. Pero especialmente, estaba entusiasmado por el surgimiento de una nueva figura política, un candidato que tuvo la oportunidad de ser elegido presidente a los 39 años: el Dr. Jorge Batlle.
Hijo de un ex presidente, con una carrera política breve pero exitosa, exhibía un lenguaje moderno para su época y se presentaba con una propuesta diferente a lo que había sido tradicional en el partido: era la renovación.
En mi caso, esa “primera vez” no estuvo acorde a mis expectativas. La mayoría de los colorados optó por el general Gestido, a quien veían como un gobernante confiable, honrado y ejecutivo. Su gobierno fue efímero y su prematura muerte llevó a la primera magistratura al vicepresidente Jorge Pacheco Areco.
La renovación en la que yo creía no se produjo, pero si aconteció un cambio inédito en la vida partidaria. Luego de seis décadas de mayoría de centro izquierda con posturas de avanzada en lo social y liberales en lo político, el Partido Colorado se convirtió en el principal representante de la derecha nacional e incluso llevó a la presidencia a una figura notoriamente anti liberal como lo fue Juan Ma. Bordaberry.
Tan anti liberal era que no solamente se apoyó en los mandos de las Fuerzas Armadas para dar un golpe de Estado, sino que fue cesado por esos mismos mandos porque proponía terminar definitivamente con la democracia representativa y sustituirla por un régimen corporativo.
Luego de diez años de dictadura le tocó al Partido Colorado liderar la reconstrucción democrática del Uruguay y encabezar tres de los cinco gobiernos que hemos tenido desde entonces.
En 1985 se incorporó una nueva generación a la vida partidaria y muchos pensamos –equivocadamente- que en ese semillero estaba la esperanza de un relevo en los liderazgos tradicionales.
En el 2004 vino la debacle electoral y el lema apenas superó el diez por ciento del electorado, pasando a tener un valor meramente testimonial en la vida política del país.
Ya han transcurrido más de cuarenta años de mi debut y hoy seguimos hablando de la necesidad de renovación.
En esas cuatro décadas la conducción del Partido Colorado estuvo monopolizada por tres figuras: Pacheco, Batlle y Sanguinetti. Fueron políticos sin lugar a dudas exitosos porque, entre los tres, acumularon casi 20 años de gobierno como presidentes. También fueron líderes sectoriales de gran popularidad y arraigo.
Como siempre hay una segunda visión de las cosas, yo me atrevo a decir que fueron exitosos en el corto y mediano pero no en el largo plazo. Fueron personalmente exitosos porque cumplieron con sus expectativas de llegar al gobierno, pero no lo fueron como conductores de una colectividad política que recibieron mayoritaria y dejan en decadencia.
A la fecha, hay gente que sigue creyendo que la renovación del Partido Colorado –primer paso para su recuperación cuantitativa- supone cambiar a los viejos dirigentes. E incluso miran con entusiasmo a un candidato joven, hijo de un ex presidente, con una carrera política breve pero exitosa, que exhibe un lenguaje moderno y se presenta como una propuesta diferente.
Pero el Partido Colorado no necesita solamente un recambio generacional –imprescindible incluso por razones biológicas-, necesita una verdadera recuperación de sus mejores tradiciones, necesita abandonar definitivamente las taras conservadoras, sacudirse de los resabios anti liberales, volver a abrazar las banderas del progreso, a creer en la justicia social y en el Estado como escudo de los débiles, ponerse del lado de los trabajadores que aspiran a un sueldo digno tanto como de los empresarios que arriesgan su capital, escuchar a los ciudadanos y apoyar sus necesidades, demostrar que es posible pelear por la equidad sin poner en riesgo la libertad, encabezar una cruzada para recuperar la educación y la cultura nacionales, devolvernos a los uruguayos la seguridad, la dignidad y el deseo de seguir viviendo en esta tierra.
Porque la renovación no es un problema de nombres ni de edades, es un problema de ideas.

0 comentarios:
Publicar un comentario